
http://es.youtube.com/watch?v=ctU1lXTpCHU
(Escuchar Sinfonía nº 103. II parte. Andante)
Hoy, mejor ayer día 18, hemos asistido a un gran concierto. Un concierto de de la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Salamanca. Magnífico.
Este concierto ha sido promovido por la Fundación Gaceta, como viene haciendo los últimos años, respaldando así todo tipo de expresiones artísiticas. El de hoy ha sido dirigido por el director Lutz Köhler. Magnífico también. Dirigiendo con sus manos y con su cuerpo a ese montón de jóvenes futuros profesones y maestros en el arte de la música. La diferencia con otros conciertos, que me gusta verlos desde lejos para observar a todos y cada uno de los componentes, es que hoy he estado en la fila nº 4. En todo el centro. Y desde allí he observado, mientras disfrutaba de la música con mi espíritu, unas cosas que nunca me había fijado. Son varias y múltiples. Por ejemplo la importancia del traje de los componentes o usuarios del escenario. El director, espigado, vestido impecablemente, con unos movimientos graciosos, rítmicos, con unas miradas a la concertino de turno ( y digo de turno, porque hubo una cada parte), que parecía que le ayudaba a tocar. Dando las entradas con una precisión alemana ( el Sr. Köhler lo es). La mirada de la concertina de la primera parte, que no le quitó ojo ni un segundo. Tocaba de memoria y siguiendo las instrucciones de su director. Su cara era angelical. De verdad. Con su vestido negro, sus medias negras caladas y sus zapatos de tacón. Sin embargo, la segunda concertino, con un pelo desaliñado, recogido atrás, con pantalones, zapato plano y sin apenas mirar a su director. Los chicos todos uniformados. Perfectos con sus pajaritas negras. Ellas, todas de negro, pero cada una a su aire. Muchas con vestidos de tirantes, con el frío que hacía, unas con medias negras, otras con medías transparentes. Unas con zapatos de tacón, otras con zapatos de verano, otras zapatos cerrados. Eso sí, todos negros, que ya es una ventaja. Pero me llamó la atención un violinista segundo. Parecía que estaba tocando con mucho esfuerzo. Ponía unas caras extrañas y de vez en cuando esbozaba una sonrisa hacia alguna compañera que no pude determinar. Y la figura de uno de los seis contabajos. Me recordó alguna película americana. Sentado, con una pierna en el suelo y la otra apoyada en el asiento alto. Atento, preciso. Una gozada. A los que tocaron instrumentos de metal y percusión no puede verlos hasta los saludos. Pero lo hicieron muy bien. ( En algún momento me pareció escuchar un sonido corto fuera de tiempo). En total, creo que pasaban de 100 músicos.
Y mientras tanto sus manos, las de todos, incluido el director, nos deleitaban con una Sinfonía, “Redoble de Timbal” del gran Joseph Haydn. Cuatro movimientos que el público respetó hasta el final. En la segunda parte escuchamos la sinfonía “Romántica”, de Anton Bruckner. ¡Fantástica!
En las dos horas, hubo algo discordante: sonaron seis teléfonos móviles. Y hasta una persona, se salió de la sala, pero se le escuchaba y el director, manos en alto, aguantó impasible hasta que el “propio” acabó de hablar, para dar inicio al movimiento que correspondiera. Soy incapaz de entender que los asistentes sean tan inconscientes. Y sobre todo no tomar medidas despues de escuchar el primero. .
Pero…aun queda lo importante de este concierto : Fundación Gaceta, donaba toda la taquilla a esa ONG, de la que soy voluntario : Proyecto Hombre. Así que todo perfeto. Hubo un lleno espectacular y además hay una cuenta abierta en Caja Duero , a la cual, aun después, se pueden hacer donativos y es la siguiente: 2104.0000.14.9143602514…
Pues hasta aquí llegó mi crónica.